En una frase muy recordada de
Hamlet que dice más o menos así: Oh God!/ I could be bounded in a nutshell/ And
count myself a King of infinite space[1]/ y así sigue un
poco más, (la traducción literal sería algo como esto: Oh Dios!/ podría estar
confinado a una cascara de nuez/Y considerarme como un Rey de un infinito espacio),
se reconoce en una primera lectura que tipos como Hamlet, príncipe de
Dinamarca, pueden llevar hasta las últimas consecuencias las elucubraciones de
una mente que ha enloquecido viendo “demasiadas cosas”. En una segunda se puede
reconocer el gran genio de William Shakespeare que llevó al extremo la fuerza estética
de los diálogos de su época, para desplazarlos desde lugares tan mundanos como una
taberna de borrachines del West End
(que desconozco si en ese momento histórico las tabernas funcionaban en el West End de Londres), a lugares exóticos
y de consecuencias aún más exóticas como diálogos de una nobleza decadente en
las afueras del castillo de Kronborg,
de la ciudad portuaria Elsinor (Helsingør). En una tercera lectura y a mi parecer
una más importante que las anteriores, se puede descubrir que Shakespeare plantea la paradoja
alegre de que <con muy poco, o casi nada, se puede ser infinitamente
feliz>.
De esta frase particular se valió
Stephen Hawking, el “astrofísico paralítico”, según un análisis muy descriptivo
de los Simpsons, para publicar su libro de divulgación científica El Universo en una cáscara de Nuez. Allí
él desarrolla la idea de que en el Todo,
y esto es justamente el Universo (con sus galaxias y las interacciones de las
partículas que conforman el orbe de astros, de polvo de estrellas, de lo
conocido y de lo que no lo es), puede perfectamente caber en un punto ínfimo de
materia, tal como el origen puntual de donde se supone provino el Big Bang. Utilizando
como modelo estos ejemplos pude reflexionar sobre un hecho que provino de una
reciente tarde, que fue a mi modesto entender, una tarde encantadora.
Luego de salir de ver un
documental sobre fotografía[2],
que tuvo sus puntos altos y bajos, se me antojó tomar un café con quien en ese
momento era mi acompañante. Juntos salimos del cine discutiendo algunas
particularidades que presentó el film y que luego derivaron en risas y en otras
acotaciones al margen. Decidimos ir a un café cercano que estaba a un par de
cuadras de allí como para concluir y partir luego hacia nuestros respectivos hogares. El primer intento fue fallido pues el café al que
nos dirigíamos estaba a punto de cerrar. En el horizonte cercano pude divisar
otro café un poco más tradicional, que a la sazón se veía mucho más propicio
que el primero, ya que este último despedía un aura de auténtico “cafetín”, muy
diferente al otro que pregonaba la estética de lo modernoso y de hasta,
por qué no, lo frívolo.
Una vez sentados ordenamos un café
con leche y una factura cada uno. Luego de la espera que no fue muy prolongada
comenzó todo. En un diálogo sin pretensiones, sin intenciones de fondo y
sobretodo con mucha soltura, pudimos dialogar sobre variados temas: la
actualidad sentimental de cada uno, las aspiraciones profesionales, la
conformación de nuestras familias, los vestigios del pasado que aún sigue dando
de qué hablar, las fuentes de alegría del presente, los libros leídos y que aún
recordamos, los autores que no conocemos pero que de alguna manera sentimos
cercanos, el futuro, las amistades, etcétera. Lo mejor de todo ello debe
haberlo aprovechado quizá un tercer espectador que anduviese por allí, no
entendiendo nada en absoluto de lo que decíamos, pero registrando las amplias
sonrisas que se dispararon, sonrisas que fueron producto de ese diálogo.
Cuando la variedad de temas que
nos debatimos estaba amainando, y teniendo en cuenta el horario, ambos pagamos la
cuenta (como suele ocurrir con las cosas que son buenas en la modernidad) y
salimos a caminar a la parada del ómnibus. Allí reafirmamos cuan feliz puede
ser uno compartiendo un café de manera naíf
y nos despedimos, como debe ser, con una amplia sonrisa. Caminando hacia la parada
de mi micro pensé que el mejor de los antídotos para ser feliz es justamente no
estar aguardando algo de una situación, sino más bien por el contrario, dejarse
llevar como en los ríos de Heráclito, hacia donde el río quiera y pueda conducirnos.
Total, la felicidad puede ser hallada en todas partes, inclusive en un pocillo
de café.
Gracias
[1]
El diálogo completo se produce entre Hamlet, Rosencrantz y Guildenstern y puede
ser encontrado en la obra del mismo nombre (Hamlet) Acto 2, escena 2, 251–259. La mejor edición en castellano quizás
sea la de Losada que viene con dos versiones de Hamlet, la revisada con notas a
pie de página que esclarecen pasajes imposibles de descifrar cuando se produce
la traducción al castellano (ideal para quien no conoce mucho la obra de
Shakespeare) y la versión limpia para aquellos que no desean detenerse en
explicaciones y prefieren la fluidez y la excitación que supone una obra propia
del teatro isabelino.
[2] El documental se llama
Everybody Street y se puede encontrar disponible en la plataforma de Youtube.

El hombre romántico envuelto en las alas de un intelectual. El río que fluye es la clave para todo en la vida
ResponderEliminarQuien dice Zagreb...
Eliminar