lunes, 7 de septiembre de 2015

Un ritual que vuelve… una y otra vez

Ayer me tocó, luego de un largo período de estar tapado (tapado de trabajo, de ocupaciones del hogar, de cierre de vínculos y apertura de otros), volver a una fiesta de cumpleaños. Esta fiesta, como otras, presentó el marco habitual: gente de generaciones cercanas, música popular, drogas sociales, luces, etcétera. No faltó nada para que fuera reconocida por todos como una verdadera <fiesta>.
Estaba yo bebiendo agua, debido a una reciente enfermedad y consiguiente ingesta de pastillas, y charlando con mi amigo doble E. Mientras toda esa gente bailaba y bebía y decía cosas incoherentes, cosas que salen de sus bocas y se pierden en el éter como el humo de sus cigarrillos, pude aclarar mis ideas. Se dejaban ver las inscripciones hechas con tiza en la pared, producto de la luz de neón que se posicionaba en el techo, y vino como quien no quiere la cosa, la reflexión que se detallará a continuación:
“Ahora puedo darme cuenta cabeza de que asistimos a un ritual que conmemora algo que no existe, algo que se perdió hace mucho tiempo. Toda esta gente está acá, bailando, haciendo una pantomima que recuerda las viejas maniobras de cortejo sexual, donde debías hacer algo significativo, lo que fuere y contra quien estuviere enfrente, para lograr un objetivo, en este caso <conseguir una chica>. Todas estas actividades han perdido el sentido, o al menos han perdido su sentido primigenio. Sólo son meros actos que recuerdan a los originales, y que tenían un sentido definido.
Hace más de diez años arribaron las tecnologías necesarias para que todo esto dejara de tener sentido, dejara de ser un disparador que movilizase al hombre a buscar compañía, a que se envalentonara sólo, o en manada a <buscar el premio de la noche>, a ir por él y tenerlo atado, ahí bien cerca. Por supuesto estas tecnologías llegaron para quedarse, pero resta preguntarse por qué esto es así. Pues bien, el simple hecho de poder, sólo con un nombre (tal vez ayudado del conocimiento del fenotipo, esto es <la fisonomía> de alguien), contactarse con la persona que uno desea, poder conocer sus gustos, sus perspectivas, sus reflexiones más profundas y demás. Ésto ha facilitado enormemente los trabajos del hombre moderno. Uno sólo <agrega> a alguien a su círculo web de confianza, ya sea por Facebook, Twitter, Instagram, Tinder, Whatsapp y demás, y con algo de suerte logra concertar una cita, una copa o algo más aventurado. Esto no sólo presenta ventajas espacio-temporales (a la persona que nos gusta podemos hablarle prácticamente en cualquier momento, desde cualquier lugar y en cualquier circunstancia dada, por más bizarra que ésta sea) sino que enaltece su seguridad personal ya que no tiene que verse expuesto, digamos <têtê á têtê> con la otra persona y pasar como un verdadero idiota y tartamudo que no sabe expresarse en lo más mínimo. Estos dispositivos discursivos permiten que nosotros podamos pensar cada palabra, objetar discretamente cualquier diferencia y ahondar sin interferencias (luz, humo, ruidos, personas que empujan, personas borrachas que vomitan, personas que pasan y te tocan el culo o se lo tocan a ella que es más probable, etcétera) en la personalidad de la persona que uno desee conocer.
Ahora bien, la otra pregunta que seguramente puede surgir de todo este planteo es esta: pues bien niño listo, si todo esto es tan idílico, ¿por qué la gente lo sigue haciendo? Bueno, humildemente lo que puedo decir al respecto es que nadie dijo que el ser humano deje de repetir actividades demencialmente, puesto que también nadie dijo que el ser humano, a pesar de estar en un estadio evolutivo bastante <maduro> deje de ser un completo imbécil. Todos (o casi) nos movemos habitualmente, yo diría que más bien casi siempre, en un estado como de idiotez flotante. De ninguna manera estamos reflexionando todo acto que estamos a punto de emprender cual filósofo pre o post socrático. No nos preocupan los hechos, ni el desenlace de los hechos que decidimos llevar a cabo cuando nos encontramos ebrios o afectados por otra droga social. Entonces lo que queda por agregar es que estos rituales siguen funcionando (siguen operando) por la simple mecánica que mueve al mundo, esto es, <si hace mucho que se hace esto, ¿por qué dejar de hacerlo de todos modos?>. Allí donde el baile no tiene nada de cortejo, donde las palabras carecen de sentido, en el cual no nos interesa tanto que va a pasar porque hemos dejado todo atrás, sin tapujos qué va, se sigue repitiendo maquinalmente el cortejo por el simple hecho del cortejo en sí. Algo que construye su sentido a partir del sinsentido, como un acto tautológico que se replica a sí mismo y se burla de nosotros. Pienso que también se aplica la tesis hegeliana para explicar que <las fiestas, el modelo de fiesta(La fiesta), tal y cómo la conocemos hoy> se repite como una farsa de lo que alguna vez fue>. Eso explica el autoconvencimiento que nos imponemos a nosotros mismos, que nos obligamos a cumplir utilizando toda esa batería de drogas y/o estímulos. Puede ser que se haya perdido el sentido del ritual, pero el cadáver vuelve, siempre vuelve; vuelve como en The trouble with Harry de Hitchcock o Weekend at Bernie´sde Kotcheff, vuelve para decirnos que no es tan fácil enterrar a un muerto y olvidarlo por completo. Todo esto conducirá a un proceso que estimo se prolongará por mucho tiempo, hasta que la vasta mayoría se entere de su fragilidad y de su necesidad de un intermediario (tecnológico) para poder conseguir divertirse con alguien. Pensar que antes la vida era tan simple y Cindy Lauper lo decía sencillamente: antes las chicas sólo querían divertirse”.
Gracias

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