miércoles, 9 de septiembre de 2015

El universo en un pocillo de café

En una frase muy recordada de Hamlet que dice más o menos así: Oh God!/ I could be bounded in a nutshell/ And count myself a King of infinite space[1]/ y así sigue un poco más, (la traducción literal sería algo como esto: Oh Dios!/ podría estar confinado a una cascara de nuez/Y considerarme como un Rey de un infinito espacio), se reconoce en una primera lectura que tipos como Hamlet, príncipe de Dinamarca, pueden llevar hasta las últimas consecuencias las elucubraciones de una mente que ha enloquecido viendo “demasiadas cosas”. En una segunda se puede reconocer el gran genio de William Shakespeare que llevó al extremo la fuerza estética de los diálogos de su época, para desplazarlos desde lugares tan mundanos como una taberna de borrachines del West End (que desconozco si en ese momento histórico las tabernas funcionaban en el West End de Londres), a lugares exóticos y de consecuencias aún más exóticas como diálogos de una nobleza decadente en las afueras del castillo de Kronborg, de la ciudad portuaria Elsinor (Helsingør). En una tercera lectura y a mi parecer una más importante que las anteriores, se puede descubrir que Shakespeare plantea la paradoja alegre de que <con muy poco, o casi nada, se puede ser infinitamente feliz>.
De esta frase particular se valió Stephen Hawking, el “astrofísico paralítico”, según un análisis muy descriptivo de los Simpsons, para publicar su libro de divulgación científica El Universo en una cáscara de Nuez. Allí él desarrolla la idea de que en el Todo, y esto es justamente el Universo (con sus galaxias y las interacciones de las partículas que conforman el orbe de astros, de polvo de estrellas, de lo conocido y de lo que no lo es), puede perfectamente caber en un punto ínfimo de materia, tal como el origen puntual de donde se supone provino el Big Bang. Utilizando como modelo estos ejemplos pude reflexionar sobre un hecho que provino de una reciente tarde, que fue a mi modesto entender, una tarde encantadora.
Luego de salir de ver un documental sobre fotografía[2], que tuvo sus puntos altos y bajos, se me antojó tomar un café con quien en ese momento era mi acompañante. Juntos salimos del cine discutiendo algunas particularidades que presentó el film y que luego derivaron en risas y en otras acotaciones al margen. Decidimos ir a un café cercano que estaba a un par de cuadras de allí como para concluir y partir luego hacia nuestros respectivos hogares. El primer intento fue fallido pues el café al que nos dirigíamos estaba a punto de cerrar. En el horizonte cercano pude divisar otro café un poco más tradicional, que a la sazón se veía mucho más propicio que el primero, ya que este último despedía un aura de auténtico “cafetín”, muy diferente al otro que pregonaba la estética de lo modernoso y de hasta, por qué no, lo frívolo.
Una vez sentados ordenamos un café con leche y una factura cada uno. Luego de la espera que no fue muy prolongada comenzó todo. En un diálogo sin pretensiones, sin intenciones de fondo y sobretodo con mucha soltura, pudimos dialogar sobre variados temas: la actualidad sentimental de cada uno, las aspiraciones profesionales, la conformación de nuestras familias, los vestigios del pasado que aún sigue dando de qué hablar, las fuentes de alegría del presente, los libros leídos y que aún recordamos, los autores que no conocemos pero que de alguna manera sentimos cercanos, el futuro, las amistades, etcétera. Lo mejor de todo ello debe haberlo aprovechado quizá un tercer espectador que anduviese por allí, no entendiendo nada en absoluto de lo que decíamos, pero registrando las amplias sonrisas que se dispararon, sonrisas que fueron producto de ese diálogo.
Cuando la variedad de temas que nos debatimos estaba amainando, y teniendo en cuenta el horario, ambos pagamos la cuenta (como suele ocurrir con las cosas que son buenas en la modernidad) y salimos a caminar a la parada del ómnibus. Allí reafirmamos cuan feliz puede ser uno compartiendo un café de manera naíf y nos despedimos, como debe ser, con una amplia sonrisa. Caminando hacia la parada de mi micro pensé que el mejor de los antídotos para ser feliz es justamente no estar aguardando algo de una situación, sino más bien por el contrario, dejarse llevar como en los ríos de Heráclito, hacia donde el río quiera y pueda conducirnos. Total, la felicidad puede ser hallada en todas partes, inclusive en un pocillo de café.
Gracias





[1] El diálogo completo se produce entre Hamlet, Rosencrantz y Guildenstern y puede ser encontrado en la obra del mismo nombre (Hamlet) Acto 2, escena 2, 251–259. La mejor edición en castellano quizás sea la de Losada que viene con dos versiones de Hamlet, la revisada con notas a pie de página que esclarecen pasajes imposibles de descifrar cuando se produce la traducción al castellano (ideal para quien no conoce mucho la obra de Shakespeare) y la versión limpia para aquellos que no desean detenerse en explicaciones y prefieren la fluidez y la excitación que supone una obra propia del teatro isabelino.
[2] El documental se llama Everybody Street y se puede encontrar disponible en la plataforma de Youtube.

2 comentarios:

  1. El hombre romántico envuelto en las alas de un intelectual. El río que fluye es la clave para todo en la vida

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