Las relaciones interpersonales nos
demuestran continuamente que la felicidad es un camino lleno de bifurcaciones, de
luces, pero también de sombras.
De un tiempo a esta parte he
intentado llevar a cabo un experimento para poner a prueba el método científico; de ninguna manera se
trata de imaginar cuál sería el resultado de una mutación en un microorganismo,
para luego ver si los efectos de tal mutación presentan correlación con lo que
propuse en mi imaginario. Se trata en cambio de plantear situaciones, de
proponer escenarios en la vida real y luego jugar al juego de las “representaciones”.
¿Cómo me vería en tal o cual marco situacional? ¿De qué manera afrontar un
diálogo que encerrara todo lo que soy y lo que tengo, mis aspiraciones, mis
sueños, aquellos espacios que sirven para el monólogo y para la revelación, con
alguien que apenas me conoce?
Idea madre: despojarse de
todos los artilugios, los escudos y las barreras y dejar que el juego comience.
Una propuesta lúdica á la Cortázar; aceptar
una Rayuela de posibilidades donde el
juego no tiene ganadores, ni perdedores. El único cielo se halla en la
posibilidad tangible de ser feliz durante unos instantes (1 hora, 2 horas, una
tarde completa, 15 minutos… ¿a quién le interesa?). No hay reglas, no hay
penalidades; sólo hay lugar para abstracciones y concreciones, hay lugar por
supuesto para el vino, las risas, el desenfado y la desazón, la esperanza y la
ilusión. Todo en ese escenario en el que los actores representan un papel, pero
no hay un guion que establezca paralelas y perpendiculares.
El resultado de esta experiencia fue
más satisfactorio que lo que esperaba en las estimaciones hechas a priori, confirmando que para estas
cosas la mejor solución reside en dejarlo
fluir. La barca se mueve, ya no hay nada que temer. Se ve, allá a lo lejos,
un horizonte prometedor y brillante y claro; esperemos que no nos apaguen la
luz.
Gracias

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