A veces se dan situaciones que nos hacen
salir del circuito de vida al cual
estamos habituados para poder entrar en una dimensión más imaginaria, pero no
menos intensa y sensible que la experiencia del presente concreto.
Había vuelto a pasar por el centro para
averiguar el precio de unos envases que debo utilizar en unos análisis. Luego
de eso no había más que hacer, salvo retornar al hogar. Caminé distraídamente
por 9 de Julio y pasé por la casa de un amigo que para mi fortuna no se
encontraba allí. Me desplacé por la misma calle hasta Peatonal y divisé que
se acercaba un trolebús con un rótulo que rezaba “Parque”. Sabía muy bien que
ese bus no me llevaría a mi hogar, pero el impulso hizo que me subiera en él.
Una vez dentro me dispuse, en posición de lectura atenta, a darle un desenlace a
Los diarios de Emilio Renzi.
El trole en su trayecto rectangular se movió
desde el punto de partida hasta Colón; atravesó lentamente Belgrano continuando
por Arístides. Al final de la calle volvió a girar rumbo a Boulogne Sur Mer
para poder lindar con el verde e iluminado Parque General San Martín. Por
momentos dejaba el libro en suspenso para contemplar el interior y el exterior
del trole; las cosas se ven muy distintas (y por qué no distantes) cuando uno
se dirige hacia un lugar indeterminado. Lo que nos rodea se reviste de un aura
que convierte el flujo de acciones en un devenir lento y despreocupado.
Estaba por llegar al fin del libro cuando
decidí detenerme, quise dejar algo para el momento previo a dormir. En ese punto
divisé la proximidad del Parque Central y concluí que era el momento
oportuno para terminar con el viaje y comenzar otro: más lento quizás, pero más
propicio para retener imágenes.
Atravesé Perú y bordeé el reloj de arena del
parque, señoras de muy diversas edades practicaban un ritual aeróbico que
desconozco. Señores mayores y jovencitas trotaban a distintos ritmos por sobre
el baldosado; mientras, el sol hacía sus últimos esfuerzos por demostrar que
aún no había muerto. En el constante fluir de pensamientos que comenzaron a
inundar mi mente recordé las tardes felices en las que me había recostado en el
pasto. Recordé el beso inesperado de una mujer; las lágrimas desprendidas de uno ojos que conozco muy bien; risas e imágenes borrosas entremezcladas, propias
de un encuentro nocturno marcado por el abuso de vino; recordé la lectura de
Borges como también intrincados diálogos sobre Leibniz y la imposibilidad de
mundos mejores; recordé el antídoto perfecto al “no sos vos, soy yo”; recordé a
tantos amigos.
Continué a paso lento por Pellegrini hasta
Mitre. Allí decidí doblar en dirección hacia el norte por el boulevard. Me
crucé de calle en la intersección con Bogado para poder atravesar la
plaza Yrigoyen. Cerca de allí vive una mujer con la cual he intentado jugar al
juego de Proust, para recobrar aquello que ya creía perdido. En esa plaza
también supe (entendí) hace no mucho tiempo atrás, que iba a perder una parte
mía, una parte que siempre me fue ajena. Cierto eco del pasado volvía a mostrar
sus imágenes cuando divisé un árbol muy particular. Dije un árbol, pero quise
decir un arbusto de dimensiones respetables. Debajo de la copa se podía divisar
una sombra conformada por las flores que da el mismo arbusto, y que a causa del
viento y el frío generaban ese efecto de “falsa sombra dorada”. Durante unos
segundos me quedé contemplando el arbusto, que estaba a su vez ubicado detrás
de una virgen. La sencillez de la imagen podría inspirar cualquier acto
poético.
Atravesada la plaza me dirigí hacia Patricias
Mendocinas. Casas antiguas, majestuosas
pero destruidas, se iban alternando mientras continuaba la sucesión de pasos.
Divisé hacia la calle La Plata aquél albergue en el que muchas veces confundí
amor con deseo y en el que otras veces ocurrió lo contrario. Allí desperdicié
necesariamente muchas vidas para poder conservar una sola.
Al llegar a Hudson me imaginé a mí mismo como
Jano, que a través de sus dos rostros puede ver en simultáneo el pasado y el
porvenir. Vi el lugar donde habita una hermosa mujer y a su vez vi cómo en otro
tiempo yo volvía a nacer entre árboles, humo y metales estrujados.
Seguí mi paso entrando al departamento de Las
Heras (en donde vivo) pero éste fue más desordenado y menos intenso
sensorialmente. Pasé por la escuela primaria, por su calle, vi a las mismas
personas que solían ser mis compañeros, pero los vi en otra dimensión, como
desprovistos de identificación o símbolo; quizás a causa de las categorías de
percepción que poseo. Atravesé las calles correspondientes hasta llegar a mi hogar.
Acusé cierto cansancio, provocado más por la impresión de estas imágenes que
por el cansino andar de quien las relata.
Creo que me afectó un poco el paso en el pasado.
Creo que me afectó un poco el paso en el pasado.

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